Mi nombre es Lucas, no recuerdo el resto de él. Ha pasado mucho tiempo ya désde que todo sucedió, y mi vida quedó atrás. Aún resulta confuso todo, aún es increíble cómo algo a la vista tan simple puede cambiarlo todo.
Aquella mañana de invierno salí decidido a buscarla. Había pasado ya mucho tiempo planeando todo, simplemente había llegado por fín el día en que iba a acercarme y nunca dejarla ir. Supongo que es de sueños que vivimos y son ellos los que nos llevan un poco más allá.
Tal vez mi historia no es la más larga o trascendental, tal vez me olviden pronto, del mismo modo en el que todos lo han hecho ya, incluso yo mismo. Lo único que es realmente seguro es que mi determinación por quererla era única, iba cegado por la emoción, tanto, qué, al cruzar esa calle mi alma siguió su camino, pero mi cuerpo tuvo que quedarse a mitad del trayecto consecuencia de un carro azul.
Maldita ceguera, maldita la hora en la que desbordado me precipité a tenerla. Se que resulta bastante increíble, pero, no lo noté. Aunque me había separado de mi cuerpo, la fascinación por verla movía mi espíritu.
Lo cierto es que después de que llegas al otro lado la noción del tiempo desaparece. Finalmente llegué junto a ella, nunca olvidaré ésa sonrisa, ni aquella felicidad que irradiaba, aunque tampoco olvidaré la mano que la sostenía y generaba ésa sonrisa.
Había pasado ya un mes, y fuí desterrado en el olvido casi de inmediato. Nunca quise averiguar si derramó algún sentimiento tras mi partida, ya no era importante.
Debo terminar mi historia diciéndoles qué, aunque mi cuerpo yacía frío bajo la sombra de un carro azul la fría mañana del 25 de Agosto, realmente yo, Lucas, morí la noche del 25 de Septiembre, la noche en que descubrí el destierro de un adiós invisible, la noche en que comprendí que ella y yo nunca cruzaríamos nuestros caminos, la noche en que entendí que morir no siempre es algo físico.
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